Creo en el recuerdo caprichoso e impredecible.

También creo que cuando uno “descubre” los templos de Angkor, difícilmente lo va a olvidar. Ahí ya SABES que el viaje, pase lo que pase luego, ya habrá merecido la pena.

Pero es que lo que luego pasa, es que vas y te encuentras con una aldea flotante, habitada por familias vietnamitas y camboyanas, que

parece salida de alguna secuencia de un film. Y es real.

Y luego ves que el verde de sus arrozales, es un verde que no has visto jamás.

Y atraviesas sus campos en un tren de bambú. Y el ajetreo de sus mercados suda vida.

Y los cuentos y las leyendas conviven muy bien con las motocicletas y las divinidades.

Y las raíces de los árboles, a veces, parecen querer comerse los templos. Son templos.

Y en las casas centenarias, aún puede escucharse un bon jour que parece venir, viene, de otra época.

Y existen palacios con suelos cubiertos por miles de baldosas de plata…

Dos noches en la jungla camboyana, son suficientes para creer de nuevo que estás fuera de la “realidad”, fuera del mundo. Si no lo habías hecho antes, ahí certificas el pulso de este país, su cadencia, su pausa, su sudor, desde luego. Y sus hamacas. Las hamacas. Camboya de hamacas y palmeras de azúcar.

Despiertas por la mañana en la jungla, y creo que por primera vez, por alguna razón, despiertas en Camboya. Llevas ya varios días de viaje, pero lejos de las carreteras y de las calles repletas de movimiento y color y calor, de alguna manera, sientes, o mejor, comienzas a interiorizar por fin, todo lo visto y vivido. Tumbado en una hamaca, claro. Puede que esa, sea la manera.

Y luego, lo otro. El horror, que decía Kurtz-Brando, el horror… Creo que nadie estaba preparado (¿es posible prepararse para “eso”?) cuando nos asomamos al pasado reciente de Camboya, al horror. Era muy difícil encontrar el valor suficiente para mirar a los ojos de uno de los últimos supervivientes de aquello. Supongo que temíamos que igual en ellos, todavía vivía buena parte de tantísimo horror. Demasiado abismo. La última noche, en la plaza central de Phnom Penh, tuve mi pequeña “revancha”, un algo de alivio. Poder ver a los niños jugando al fútbol, jóvenes y adultos disfrutando del anochecer de este bellísimo país, bebiendo, charlando, jugando, riendo, paseando, VIVIENDO, era la mejor victoria, la mayor victoria, sobre tantísimo sufrimiento y dolor. Y fui realmente feliz, pensando que al menos todos ellos, podían hacer lo que a millones de personas se les arrebató de cuajo. Vivir.Y vivir en paz.

Y es que ellas, las personas (sí Salvador, llevabas razón), son el mejor motivo, la razón primera para aventurarnos a conocer este lejano rincón del sudeste asiático. Y la memoria, caprichosa e impredecible, inundada de manglares imposibles, templos y palacios, ríos y junglas, rescata y pone en primera fila a la pequeña vendedora de souvenirs, y que hecha la venta por un dólar, permaneció mientras nos alejábamos despidiéndonos con la felicidad más absoluta que uno pueda imaginar, reflejada en su cara. Me pregunto cuantos dólares vale eso.

Sí, un lejano rincón repleto de sonrisas.

Y hamacas.

Daniel en Camboya

Daniel en Camboya